El 11 de abril por la mañana me encontraba en Delhi, caminando entre vacas mientras un camión era llenado de basura paladas. Las calles se despertaban con el sabor del chai, y el ruido de los ricksaws, que un día mas deambulaban buscando clientes con los que rentabilizar el gasto de gasolina y sacar para comer un día más. El sol iluminaba con una luz especial mi última mañana en India. Quería ver por última vez en este viaje, todo aquello que me llevaba acompañando tres meses y que tanto me había asombrado.
Quería llevarme en el recuerdo cada olor, cada color, cada sabor… Y si pudiera, también el bajísimo precio al que podía conseguir todo aquello que básicamente necesito cada día en mi vida: Comida y un sitio para dormir. De esto me voy a acordar por una buena temporada, cuando en la vida codo a codo con el euro, vea como se desinfla por momentos mi perjudicado monedero. Se acabó el comer varios platos por un euro, el beber un rico batido de banana por sólo 30 céntimos, el dormir por un euro, el recorrer 1.000 kilómetros en tren por 3 euros, el beber y beber chais sin notarlo en el bolsillo… Fin de la vida regalada, y comienzo de la dura realidad europea donde te cobran bien duro incluso por tirarte un pedo. Cuando en India cualquier rincón es bueno para soñar gratis.
Los tres últimos días en Delhi fueron un regalo para finalizar el viaje. Despedida con el resabor de India en los sentidos. Visita al fuerte rojo y a la gran mezquita. Perderse por las callejuelas del Bazar de la vieja Delhi. Reencuentro con las vacas, con l=s viajer=s de mochila y pelos raros, con las multitudes en las calles... Reencuentro con la India Full Power twenty four hours, No toilet, No sower. Reencuentro con la Incredible India. Reencuentro con la Tierra que te cautiva con locura o que odias a muerte. Imposible pasar como si nada por este país. De una u otra manera te impacta en lo más hondo y jamás creo que la puedas olvidar. Son muchas sensaciones, una vida y un pensar muy diferentes, y sobre todo es mucha la intensidad con la que transcurren los días en India como para que luego eso se borre de la retina, del corazón y de lo más profundo del cerebro. A mí me ha cautivado, es un lugar que me ha gustado mucho a pesar de toda la suciedad, de la enfermedad, del kaos, de las multitudes, de lo imposible que resulta a veces entenderse y que te entiendan, de su excesivo gusto por los papeleos y la burocracia en según que situaciones... Todo eso y mucho más es India.
Y es que si esas situaciones desaparecieran, dejaría de ser la India especial que tanto cautiva a la gente. Si hubiera contenedores de reciclaje, sin vacas y cabras por las calles, sin los cilcloriksaws por todas las esquinas, si la población descendiera a la mitad, sin la enfermedad rondando por las cloacas, sin el fuerte olor por cada rincón que te taladra el interior de la nariz, si las interminables horas en estaciones y trenes, sin las sábanas con agujeros y color amarillento, sin las ratas y cucarachas por la habitación de vez en cuando, sin los monos que al menor despiste te quitan el desayuno... Sin todo eso y mucho más, dejaría de ser India. Dejaría de encandilarnos a tantos y tantos guiris que una y otra vez soñamos con volver al país de la locura.
Les animo sin lugar a dudas a que vayan a India, descubran su especial golpe de efecto y comprueben si ustedes son de l=s que aman India o por el contrario salen pitando y la detestan. Suceda lo que suceda, no se arrepentirán nunca de haber ido. Es algo que ahy que vivirlo para entenderlo. Yo por mucho que había oído hablar de India, y que había visto reportajes, no comprobé realmente todo ese hervidero en mi cuerpo hasta estar allá. Y ahora, desde la distancia, imagino que otro tipo de sensaciones me vendrán a la cabeza.
Ahora de nuevo en nuestra madriguera en Egillor, la primavera a empezado con mucha lluvia y todo está verdísimo y con mucha humedad en la tierra. Un ambiente que invita a estar recogido en casica, junto al fuego y junto a Venus. Han sido tres meses separad=s en la distancia, y ahora nos regalamos cada minuto para compensar el tiempo que físicamente estábamos muy lejos. Este tipo de separaciones tienen, como todo, las dos caras de la moneda: La triste despedida al principio y el júbilo del reencuentro a la vuelta. Así que ahora nos toca disfrutar de la mejor parte del regreso, el reencuentro. Y también del reencuentro con el huerto. Y es que a much0s os parecerá una chorrada, pero llevaba tantos años queriendo tener huerta, que ahora que vivo en Egillor y tenemos huertica, me parece un lujo poder cultivar nuestras verduras y pasar las horas entre las acelgas, los guisantes, plantar ls nuevas tomateras... Y ver como todo crece, florece y nos regala frutos que llevarnos a la boca.
En un mundo en el que cada día vivimos más lejos de la Madre Tierra, me siento afortunado de poder vivir cerca de los ciclos de la vida, de pisar barro y de trabajar la tierra. Vivo mucho más tranquilo, más feliz y más cerca del corazón de la vida. Bueno, pues que estoy muy contento de estar de nuevo en mi Tierra. Pero el dedo ya explora nuevos horizontes en el mapa mundi. Muy pronto quizás os cuente nuevas peripecias por otras tierras. Más pronto de lo que ni siquiera yo imaginaba. Muy pronto en las pantallas... Senegal, quizás Cuba, quien sabe si Brazil, o Madagascar... Cualquier sitio es bueno con tal de soñar despierto. Pero antes hay que conseguir un currillo para ahorrar unas pelillas dos o tres meses. Os lo cuento y quien quiera que lo lea. Hasta pronto. Namaste!
IRRI TA BIZI!!!
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